noviembre 15, 2014 By Redacción Huellas

Conferencia de Mons. Melchor Sánchez de Toca

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México, D.F., 14 de noviembre de 2014.

Versión estenográfica de la Conferencia: “Educación y Cultura, dos elementos esenciales para el discernimiento del Cambio de Época”, ofrecida por Mons. Melchor Sánchez de Toca, durante el Encuentro Nacional Educar para una Nueva Sociedad, Pasión que se Renueva, celebrada en el Auditorio “Adrián Gibert” de la Universidad La Salle.

Mons. Alberto Suárez Inda: Por razones pues de horario, porque el piloto que va a llevar a Madrid a Monseñor Melchor, ya se está preparando el avión, le vamos a dar la palabra.

Monseñor Melchor Sánchez de Toca, nació en Jaca, España; 1966, muy joven; sacerdote del Clero Diocesano de Toledo, se ordenó de sacerdote en 1993.

Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, posteriormente teología en San Ildefonso de Toledo y en la Gregoriana de Roma, donde obtuvo la licenciatura en Teología Bíblica, y después el doctorado en la misma Universidad, con una tesis sobre diálogo, fe, cultura, en el Vaticano Segundo.

Especializado en las implicaciones culturales, pastorales de la ciencia. Ha publicado diversos estudios de historia, filosofía de la ciencia.

Y ha desempeñado su Ministerio como Capellán Universitario, en la Pastoral Juvenil; Capellán de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos de la Politécnica de Madrid y ha dirigido muchas veces ejercicios espirituales.

Desde 1998, presta sus servicios en la Santa Sede, en este Pontificio Consejo para la Cultura, encargado del área de lengua española y del diálogo Ciencia Fe.

En 2004, el Santo Padre lo nombró Subsecretario de este Consejo.

Coordinador del Proyecto Stock, una Red de Iniciativas de Investigación, Estudio y Divulgación, acerca de los principales temas de diálogo, entre las ciencias naturales y la fe.

Actualmente también se ocupa del sector cultura y deporte.

De manera que tenemos aquí a un buen campeón.

Felicidades Monseñor Melchor y gracias por todo este esfuerzo de recorrer varias diócesis de nuestra Patria, culmina su trabajo en México con esta ponencia, por esta ocasión.

Mons. Melchor Sánchez de Toca: Eminentísimo señor Cardenal Norberto Rivera, señor Cardenal Francisco Robles, Excelentísimo señor Nuncio de su Santidad, y señor Arzobispo de Morelia, con quienes he compartido estos días de intensa actividad en México, presentando el documento de la Conferencia Episcopal.

Ha sido una serie de providenciales circunstancias, la que ha hecho que esta gira por la República, haya coincidido con un momento dramático de la vida política del país.

Mientras estábamos en Morelia, en Celaya, en Toluca, en Monterrey, presentando el documento Educar para una Nueva Sociedad de la Conferencia Episcopal, se iban desarrollando los lamentables acontecimientos que los medios de comunicación han lanzado la secuela de la desaparición de 43 estudiantes de una Escuela Normal.

En estos encuentros, con las más variadas realidades del país, hemos ido tocando con mano, lo que llamamos “la emergencia educativa”. Una emergencia que tiene un símbolo precisamente en la desaparición de estos estudiantes normalistas en circunstancias que todavía deben aclararse, en la que se mezclan autoridades, el crimen organizado, muchos otros elementos.

Pero más allá de los datos concretos adquiere un valor de símbolo, es que han desaparecido los maestros, los futuros maestros, los encargados de transmitir a las nuevas generaciones el saber y los valores que dan sentido a una vida. Este es el problema.

La emergencia educativa ante la que nos hallamos no se agota tristemente en estos lamentables acontecimientos.

Hay algo en todo el sistema que no funciona.

Me llamó la atención un artículo publicado por Domingo Arguelles, en el suplemento universitario del Diario Milenio, a propósito de la lectura en México.

Tengo la impresión de que los datos y las consideraciones que hace a propósito de México valdrían igual para muchos otros países, incluyendo el mío.

Hablando de la lamentable situación de la lectura en el país, un promedio de dos como a nueve libros por habitante en un país de casi 100 millones de habitantes, decía que no se puede esperar que la situación de las bibliotecas esté mejor que la cabeza de sus directores y aplicando esa que es una cita de un escritor famoso al sistema educativo, decía, no se puede esperar que la situación de los lectores sea mejor que la de sus dirigentes.

¿Puede estar la lectura en México mejor de lo mejor que está en la realidad social?

Si la falta de lectura, que es la posibilidad de acceso al patrimonio de saber, de belleza, de verdad, de la humanidad, fuera con ser grave el único problema, no sería tanto.

Lo que ocurre es que esto es solamente un elemento de muchos otros. Nos encontramos en una situación de crisis.

En estos días de encuentros hemos escuchado las quejas de los maestros que se sienten abandonados, impotentes y a veces frustrados, porque se han quedado solos frente a una tarea educadora que los padres desertan.

Hemos escuchado también la preocupación y la angustia de los padres por saber qué valores, qué educación están dando a sus hijos principalmente en la es cuela, en la universidad, en las asociaciones juveniles, en la vida también a veces de la parroquia.

Por todas partes escuchamos inquietudes, lamentos, esperanzas a veces; pero no serán nuevos planes de estudio los que remedien esta emergencia por muy buena voluntad que tengan.

La salvación no vendrá de los técnicos, sino de un suplemento de alma, como decía Robert Schumann, uno de los padres fundadores de Europa, a propósito de la creación de la Unión Europea, que Europa y su salvación no tendrían la solución en los tecnócratas, sino en un suplemento de alma.

La educación necesita un suplemento de alma y esto es lo que el documento de la Conferencia Episcopal ha tratado de ofrecer a la sociedad mexicana en su conjunto.

En este contexto, es muy importante comprender que nos hallamos ante un cambio cultural.

Muchas veces esta frustración responde al hecho de que la recetas en la educación, tanto en la familia, como en la escuela que funcionaba durante decenios ya no funciona.

¿Por qué? Porque han cambiado los presupuestos sobre los que se asentaban.

Estamos viviendo verdaderamente, aunque es un lugar común y a veces abusado, un cambio de época.

La imagen quizá más clara de este salto brutal, de este cambio de época, la tenemos en algunas comunidades que en menos de una generación han pasado de la Edad de Piedra o de la Edad de Hierro a la Era Tecnológica, ya sea en el Altiplano Aldino, en la Selva Amazónica, en la Sabana Africana, en cabañas de adobe y paja vemos una antena parabólica o jóvenes adultos que usan el celular.

En menos de una generación se pasa de sociedades de cazadores y recolectores a la edad tecnológica, sin tiempo necesario para asimilar este cambio.

Este cambio tan brutal no puede quedar sin consecuencias, no puede dejar de provocar un terremoto.

Pero sin ir tan lejos, menos espectacular, en nuestras ciudades hemos vivido este cambio. Basta comparar el mundo en el que viven mis sobrinos con el mundo en el que vivieron mis padres, mis papás, son sólo 40 años, 40, 50 años; mis padres se sienten a veces perdidos, desconcertados, no entienden el mundo en el que viven sus nietos, no entienden su comportamiento.

Tanto es así que un autor de éxito que ha publicado un libro que se está vendiendo en todo el mundo, un historiador israelí, Yuval Harari, habla de este cambio de época; la obra se titula “Sapiens, de animales a dioses, una historia de la especie humana”, y afirma que gracias a la acumulación increíble de conocimientos científicos y tecnológicos estamos a punto de poder librarnos de los límites biológicos y en cierto sentido gobernar el curso de la evolución.

Nos estamos acercando a una singularidad en la evolución de la vida de nuestra especie que modificará radicalmente la realidad y dice él: “Es posible que nos estemos acercando a un punto en el que todos los conceptos que confieren significado de importancia a nuestro mundo, yo, ustedes, hombres, mujeres, amor, odio, se volverán irrelevantes.

Lo que suceda más allá de aquel punto carecerá para nosotros de significado.

Es naturalmente una visión sesgada del futuro, demasiado catastrófico, pero acierta a retratar una percepción generalizada, que la evolución tecnológica está siendo portadora de un cambio cultural sin precedentes, una nueva revolución en la historia de la humanidad, que está modificando conceptos y categorías esenciales de la existencia humana, un mundo nuevo.

Y esta aceleración que hemos vivido en los últimos decenios no coloca ante un escenario nuevo, que ya no es el que conocieron las generaciones pasadas y que se abre ante nosotros como un territorio desconocido, un territorio que hay que explorar, que hay que trazar y mapear.

Y así como los exploradores de los antiguos continentes, para esta empresa no tenemos más que algunos esquemas muy aproximados, algunos dibujos de cómo es este nuevo mundo, que no está todavía en Google Maps, no ha pasado el cochecito de Google Maps ni está en fotografías de satélite; un territorio en el que adivinamos algunos accidentes y que estamos llamados a explorar, a descubrir y a evangelizar.

Como sucede siempre en todo momento de cambio cultural, la primera tentación es la de un juicio ético de estos cambios. Juzgamos este mundo, esta nueva cultura a la luz de categorías antiguas, normalmente para condenar, “¡Ah! En mis tiempos no pasaba esto”, “Antes los jóvenes eran distintos, había más respeto, la gente se saludaba por la calle, dónde vamos a ir a parar”.

Se juzgan las consecuencias éticas y morales de un nuevo descubrimiento, de nuevas tendencias, de modas, pero es necesario, pero con ello perdemos de vista el aspecto más importante que es preguntarnos qué valores, qué aspiraciones, qué expectativas se esconden detrás de estas manifestaciones aparentemente desvastadoras, ¿Son portadoras de algún mensaje?, aun cuando sea una respuesta equivocada, son la satisfacción equivocada de una demanda, de una pregunta legítima y por eso me parece que la actitud fundamental ante estos cambios tiene que ser la del cristiano que es la esperanza.

La historia enseña que no hay reversa, la historia no da marcha atrás nunca.

No podemos engañarnos pensando que un día las cosas volverán a ser como antes y que nuestro trabajo consiste en que todo vuelva a ser como fue. Eso es un error, jamás ha habido una restauración que haya sido simplemente volver a la casilla anterior.

O bien podemos soñar con reconstruir un mundo ideal al que retirarnos, esa ciudad mítica en medio del Himalaya o la ciudad de los Hobits, un mundo fuera de la historia en el que la gente se quiere, se trata bien, no hay problemas, o bien como evangelizadores del Siglo XXI podemos acometer con coraje una tarea que tiene mucho de explorador, de aventurero, de empresa.

Veamos algunos de los accidentes, algunas de las características de este nuevo mundo.

En primer lugar había que llamarlo un mundo líquido, líquido es un adjetivo afortunado de un sociólogo, que como las metáforas afortunadas se repite hasta la sociedad, pero porque define acertadamente la situación en la que nos encontramos.

Por primera vez la humanidad conoce una experiencia de globalización universal concebido originariamente como la creación de un mercado único, la globalización se ha ido extendiendo más allá y devino un espacio económico y cultural único; los mismos productos, las mismas marcas, la misma música, las mismas transnacionales están en todo el mundo, de Shanghái a Santiago de Chile, de Sudáfrica a Islandia, de Sidney a Vancouver, los jóvenes visten la misma ropa que compran en las mismas tiendas, los fines de semana van al mismo Burger, al mismo café, escuchan los mismos autores, usos los mismos celulares.

Esto es un fenómeno nuevo en la historia de la Humanidad. En Europa el símbolo de IKEA, que es amarillo y azul, para muchos europeos define mejor la identidad europea que la misma bandera de la Unión Europea. En todas partes hay un IKEA, en toda Europa la gente va el fin de semana al IKEA a comprar los mismos muebles que tienen estos nombres suecos impronunciables.

Esta situación crea desarraigo y miedo, al mismo tiempo que ofrece la posibilidad de pertenecer a una comunidad mundial a través de redes sociales, la fotografía de un cajero, de una tienda de departamentos en Estados Unidos dio la vuelta al mundo y pasó de tener 150 followers en Twitter a tener un millón.

Sin embargo, genera sentimientos de inseguridad y de pérdida porque no sabemos quiénes somos ni dónde estamos. De ahí el resurgir de nuevos nacionalismos y localismos junto con propuestas fundamentalistas que son un rechazo a esta modernidad.

El hombre de hoy tiene nuevos miedos, miedo a la extinción total causada no por la guerra nuclear con la que crecimos algunos, sino por el agotamiento de los recursos del planeta, por la desertificación, por el cambio climático, simplemente aniquilados por un nuevo asteroide.

El fundador de SAN, la compañía de informática, una de las más importantes del mundo, Bill Joy, ha llegado a imaginar un apocalíptico riesgo de autoextinción el género humano y hay quien incluso sostiene racionalmente la necesidad de autoextinguirnos, puesto que no estamos seguros de que el ser llamado a la vida, el que venga a la vida gozará de una felicidad tal que compense las penalidades que comporta la vida mejor abstenerse de la reproducción, el último que apague la luz.

Miedo a atarse, a comprometerse con relaciones duraderas y persistentes, ya sea en la amistad o en el matrimonio; miedo a la verdad, desconfianza en la capacidad de conocer la verdad y de vivirla gozosamente; desconfianza de la verdad y de quien propone la verdad como si fuera un dictador, la verdad se asocia al poder cuando aquel que dijo de sí mismo yo soy la verdad, en realidad se identificó con el pobre lázaro, no con el rico Epulón, y sin embargo, la verdad provoca rechazo y miedo.

Vemos en todos estos miedos, reflejo de miedos ancestrales del hombre.

Los ha habido siempre y los seguirá habiendo, pero hoy adquieren un color nuevo y adquieren una dimensión nueva, la de la liquidez.

En segundo lugar, diría que estamos como asistiendo a uno de los cambios más dramáticos, gracias al progreso de la medicina y la biología.

Las nuevas técnicas de la medicina regenerativa permiten cosas que antes parecían de ciencia ficción, dañar tejidos reparados, prolongar enormemente la duración de la vida.

Es posible ya intervenir en procesos mentales y cerebrales, controlar con el cerebro una computadora o una máquina, estimular eléctricamente partes del cerebro, con un chip implantado para obtener determinado tipo de respuesta; las prótesis biónicas son una realidad.

Hace poco se dio la noticia del éxito de la implantación de un ojo biónico, una persona que había perdido la vista y que le permite ver en blanco y negro.

Ya llegará el color más adelante.

Robin Hanson habla de una revolución que es el transhumanismo, la idea según la cual las nuevas tecnologías cambiarán en el próximo siglo y los siguientes, hasta tal punto que nuestros descendientes probablemente no serán humanos, serán transhumanos o posthumanos.

Creo que es exagerada, pero refleja la excitación que produce este cambio.

Miedo a envejecer. Toda la historia de la humanidad, el adulto ha dicho al joven: “Tú un día llegarás a donde estoy yo”. Ahora, el adulto le dice al joven: “Yo quiero estar donde estás tú”. No quiere ser adulto, quiere seguir siendo adolescente, mamás adolescentes, papás que se comportan como quinceañeros y no dejan a los hijos crecer.

Tenemos un tapón generacional de adolescentes, porque hay miedo a envejecer.

En los últimos 15 años, han aumentado el 4 mil por ciento las inyecciones de botulina en Estados Unidos y el presupuesto, sólo el año 2011 en intervenciones de cirugía estética, alcanzó la cifra de 10 mil millones de dólares; el presupuesto de un Ministerio, de un Departamento, de una Secretaría.

¿Qué es esto? ¿Tenemos que oponernos? ¿Hay algo bueno en estos cambios? Exige un discernimiento, pero sobre pero sobre todo, tenemos que pensar, no en estas personas, sino en los hijos de estas personas que llegarán a nuestra escuela, para quienes será normal el haber tenido papás y mamás operados, dos papás, dos mamás, son estos hijos en los que hay que pensar.

En tercer lugar, hablaría, porque tiene mucho que ver, de la Revolución en el ámbito de la comunicación, que tiene su expresión más clara en el celular.

Mientras yo estoy hablando, muchos de ustedes están mirando el celular, para ver si llegó un WhatsApp o para consultar un nombre que yo dije y les sonó, y van a mirar qué libros tiene publicados.

Uno ve en los coches, los niños van con sus celulares, están hablando entre ellos, están jugando y no sólo los adultos, en cualquier reunión están los adultos, no con uno, sino con dos celulares, continuamente escribiendo, chateando, consultando el correo.

Si un desconocido te sigue por la calle, te preocupas, pero si es en Twitter, es un follower más.

Todos estos cambios, no son sólo de tipo cuantitativo, sino cualitativo. Están modificando el modo de relacionarnos, de interactuar con la realidad.

Está afectando nuestras habilidades cognitivas, lo mismo que el uso de la escritura, modificar las habilidades cognitivas de la especie humana.

El medio nunca es simplemente un portador de contenido, como enseña Mark Gluhan: “El medio es el mensaje”, influye en el contenido y en la capacidad de aprenderlo.

Se va hacia una convergencia de todos los medios, televisión, celular, periódico, radio, computadora, todo converge en un aparato que llevamos en nuestro bolsillo, en el que están también toda nuestra historia: las fotos de la familia, mis recuerdos, mis contactos.

Este cambio afecta también al modo en que se ha transmitido el saber habitualmente.

Nosotros los mayores crecimos con una concepción del saber de tipo piramidal. El saber se transmitía de arriba hacia abajo y se conquistaba subiendo cada vez más.

La red ha horizontalizado nuestro conocimiento, todas las opiniones valen lo mismo. Una búsqueda en Google y salen siete millones de página en la que hay todo y lo contrario de todo.

De nuevo, ¿qué hacer? ¿Tenemos que satanizar estos medios, demonizarlos?

Desde que la humanidad comenzó a descubrir cosas, todo descubrimiento, invento, aplicación, ha tenido una ambivalencia. Se podía utilizar para el bien y para el mal.

El fuego se podía utilizar para cocinar y para iluminar o para destruir.

El futuro de la fe.

¿En este horizonte profundamente cambiado qué papel tiene todavía la fe cristiana?

Si miramos únicamente los datos estadísticos, la sensación de pérdida y de cierre es muy grande.

El último informe publicado ayer del Instituto Puig, de Estados Unidos, dice que en Latinoamérica, que era el continente de la esperanza para la iglesia católica, uno de cada cinco latinoamericanos pertenece a una iglesia o denominación protestante.

En Europa, en Estados Unidos la cosa no parece ir mejor. Se cierran iglesias que después se transforman en restaurantes, en gimnasios o en mezquitas.

¿Qué está sucediendo?

Estos datos darían razón a los que piensan que a medida que aumenta la modernidad disminuye la religión, porque pertenecería simplemente a un estadio infantil de la humanidad.

Sin embargo, como es bien sabido, varios autores niegan esta tesis.

Peter Berger que es quien más la ha estudiado, dice que la desmienten dos hechos, el aumento de las sectas del pentecostalismo en América Latina y del fundamentalismo en el mundo islámico. Tanto que él dice que el problema de nuestro tiempo no es que hay pocas religiones, es que hay demasiada. Entiéndase.

Las creencias religiosas se sustituyen por preferencias religiosas. Uno escoge ante un abanico de propuestas religiosas, algo que antes no sucedía, era impensable.

Taylor en su libro Securant Ages, tampoco comparte esta teoría de que a mayor modernidad, menos religión. Es un fenómeno muy complejo.

Hay que olvidarse de las estadísticas y buscar con una mirada más profunda.

Lo que sucede es que ha cambiado el lugar que ocupa la religión, ocupa un puesto diferente. La modernidad sí elimina un cierto tipo de presencia de Dios, que se percibía como algo soberano y lejano, vertical, trascendente. Pero ello no quiere decir que desaparezca, sino que se orienta en un sentido más interior.

Cómo no recordar aquí San Agustín, que dice: “Que Dios es más íntimo que mi propia intimidad”. Redescubrir esta vena mística interior de la fe cristiana en un mundo que tiende a rechazar las instituciones, lo externo, el rito y que busca experiencias auténticas de interioridad.

Es imposible no seguir dándose cuenta de que algo está cambiando muy radicalmente y muy de prisa, un cambio que a veces es como el movimiento de los glaciares que se están moviendo, pero no se percibe y que a veces experimenta aceleraciones imprevistas.

Tenemos que tomar conciencia de este cambio y comprender que frente a una nueva situación, nuevos procesos, las viejas estructuras quizá ya no funcionen.

Hay que hacer un cambio de mentalidad.

¿Qué hacer?

Siempre Taylor en una lección titulada “La Modernidad Católica” usaba la imagen del explorador, esta vez él se refería a Mateo Ricci, que fue un misionero Jesuita en la Corte del Emperador de China.

Quizá no conocía la obra de Vasco de Quiroga o de Cirilo y Metodio, de los grandes evangelizadores de todos los tiempos.

Lo que hicieron fue estudiar mucho la cultura, en el caso de Mateo Ricci, la lengua china, para entrar con tacto y con inteligencia en aquel ambiente y traducir no sólo a la lengua china, sino a la cultura china las categorías occidentales.

De esta manera se ganó la credibilidad que le permitió anunciar el Evangelio.

Como en los tiempos de Mateo Ricci, también en esta época nueva que vivimos el mensaje evangélico tiene que responder a lo que en todas las culturas es una aspiración y un reflejo de la vida de Dios.

También en la nuestra, también en ésta, en estos jóvenes hay aspiraciones y deseos, hay un reflejo de la vida de Dios, aunque no se vea a primera vista.

La marca de los grandes evangelizadores es la capacidad de captar en cada cultura las semillas de logos, las semillas de la verdad de todos los seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios.

Por eso mi llamado es a no lamentarnos por el futuro. Es inútil lamentarse por el pasado y soñar el regreso de tiempos que son siempre más bellos en el recuerdo que en la realidad.

San Agustín decía a los suyos: “Te encuentras gente que se queja de los tiempos que les tocó vivir y dicen que antiguamente era mejor, en realidad –dice- esas mismas personas si se las pudiera situar en los tiempos que añoran, también entonces protestarían”. En realidad juzgas que esos tiempos pasados son buenos porque no son los tuyos.

En lugar de llorar por los males del tiempo hagamos como hizo el Beato Federico Ozanam, pasar a los bárbaros, ir a los bárbaros. Dejemos ya de llorar por la ruina del imperio, la sociedad que conocimos que se viene abajo, pasemos a los bárbaros; estos bárbaros que son los jóvenes que están en esta universidad allá afuera y aquí adentro porque somos también nosotros que vivimos de esos mismos criterios y categorías.

Estamos también en esta cultura. También nosotros en lugar de soñar con el retorno de una sociedad cristiana del pasado, pasemos a los nuevos bárbaros del nuevo milenio.

Por eso la respuesta a esta Evangelización es la educación, el documento de la Conferencia Epicospal dice con una frase acertada: “Para la Iglesia educar es evangelizar y evangelizar es educar”.

Eduquemos a estos bárbaros del Tercer Milenio.

Me parece que en este contexto la misión más importante del cristiano y la educación es despertar la búsqueda de Dios. De esta búsqueda de Dios habló el Papa Benedicto XVI cuando propuso, invitó a la Iglesia abrir el Atrio de los Gentiles y decía, a propósito del Atrio de los Gentiles, “Como primer paso de la Evangelización debemos tratar de mantener viva esta búsqueda, debemos preocuparnos de que el hombre no descarte la cuestión de Dios como cuestión esencial de su existencia; preocuparnos de que acepte esta cuestión y la nostalgia que en ella se esconde.

No dice que demos respuestas, sino que suscitemos la pregunta, el deseo de Dios, la pregunta por Dios, sin la cual todo lo demás carece de sentido.

Mantener viva la pregunta por Dios y la nostalgia que conlleva es el primer paso de la nueva Evangelización y por tanto de la educación.

Nos hallamos ante un punto de inflexión de la historia, el parto de un nuevo mundo y nos afanamos preguntándonos cómo se da.

Pero el tiempo de la historia es el tiempo de la larga duración.

Recuerdo y con esto concluyo, Ozanam que decía que la esperanza, el fallo de muchos cristianos es que esperan poco; es creer, frente a cualquier ataque, cualquier obstáculo es la ruina de la Iglesia; son como los Apóstoles en la barca ante la tempestad, olvidan que el Salvador está en medio de ellos.

Por eso el futuro y el porvenir estará en manos, lo decía el Concilio Vaticano Segundo, de aquellos que sean capaces de ofrecer a las nuevas generaciones razones para esperar y para vivir.

Por eso la paz está en manos de aquellos que sepan ofrecer un sentido para la vida a través de la educación.

La paz aquí y en todas partes se dará sólo si somos capaces de llevar a cabo un proyecto educativo que dé razones de vida y esperanza.

Muchas gracias.

Mons. Alberto Suárez Inda: Muchas gracias a Monseñor Melchor Sánchez de Toca. Le agradezco no solamente su intervención aquí, sino toda esta gran ayuda que nos ha prestado durante varios días a través de distintas diócesis y en distintos encuentros, ambientes.

Muchas gracias. Dios te bendiga.

Quiero también expresar mi gratitud a Germán o al doctor Enrique González Álvarez, Rector de esta Universidad La Salle, por su generosa, acogida, su apoyo incondicional; él es también Presidente de la AMIESIC, Asociación Mexicana de Instituciones de Educación Superior de Inspiración Cristiana.

Gracias.
Subsecretario del Consejo Pontificio Mons. Melchor Sánchez de Toca en Encuentro Nacional Educar


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