noviembre 6, 2014 By Ulises Navarrete

¡Ayotzinapa Vive!

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Enrique Sánchez Marquez
Los días pasan y la autoridad encargada del esclarecimiento de la brutal embestida en contra de los estudiantes de la normal “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, Guerrero, no aciertan a encontrar un camino de credibilidad y de confianza con los familiares de las víctimas.
Ayotzinapa, sin embargo, queda para la historia y cualquiera que sea el desenlace deberá ser un parteaguas para el futuro, no solo de Iguala, ni de Guerrero, ni de un personaje político en particular, sino del propio Estado mexicano, que deberá poner las bases para un nuevo desarrollo político social y económico.
El presidente Enrique Peña Nieto está llevando la peor parte, porque su agenda para insertar a nuestro país en el concierto internacional enfrenta serios tropiezos.
El capital político que como estadista, como estratega, como jefe nato del país y pilar de los cimientos para una nueva estructura de México, lo está rebasando Ayotzinapa.
También el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, ha caído en una franja de inestabilidad, porque los caminos que ha emprendido, no han sido los más indicados para calmar el clamor de padres, maestros y de la sociedad, tanto nacional como internacional y de un pronto esclarecimiento se multiplican.
Otro personaje que más ha quedado en entredicho es el procurador general de la República, Jesús Murillo Karam, quien ha mostrado poco talante y sensibilidad para encauzar un diálogo fructífero, sobre todo con los padres de familia.
Su parquedad, que a veces raya en la altanería, lo frío de sus comentarios y su actitud que poco invita al diálogo, se vuelve contra él con mayor peso con esas afirmaciones de pedir más tiempo, sin agotar, sin dar cabida a conjugaciones de ideas con sus interlocutores.
“Prefiero pedir tiempo y no voy a decir nada antes de tener los elementos”, expresión del procurador Murillo Karam que equivale a decir nada, en momentos en que los que más se requiere mucha sensibilidad para entender el dolor de los padres.
Hay evidencia clara de que el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, y las corporaciones que conforman el cuerpo de Seguridad Nacional, están trabajando, se descubren fosas, se hayan restos, los análisis de las necropsias continúan, aumentan los detenidos y se habla que el cerco se estrecha entorno a los autores intelectuales, pero el exgobernador Ángel Aguirre Rivero denota que ha salido bien librado y la “pareja imperial”, como le llaman a exalcalde con licencia, José Luis Abarca, y María de los Ángeles, apenas enfrenta un proceso judicial.
Entonces se observa claramente que las investigaciones no están avanzando de la manera tan ágil y transparente como lo exige la opinión nacional e internacional, y mientras, el tiempo continúa transcurriendo.
Aparezcan o no los 43 estudiantes normalistas, aquí lo urgente es recuperar la integridad del Estado mexicano que se mira maltrecho, desgastado y dañado por unas profundas raíces de corrupción, ilegalidad e impunidad que lo atacan y lo asfixian.
De la suerte de los 43 jóvenes, casi niños, de Ayotzinapa, todos esperamos la mejor de las suerte, pero desde ahora ellos deben pasar a la historia como la base para reconstruir al Estado mexicano; ellos deben servir para que los gobernantes y las instituciones se sacudan de todo lo que los corroe, y establecer nuevas bases y nuevas reglas, porque el sacrificio de los que murieron y los que no aparecen sirvan para establecer nuevos caminos y corregir todo el aparato gubernamental.
Esa es la gran lección; ya tenemos la gran lección. Estamos a tiempo de aprender. Debemos de evitar que todo siga igual, porque la sangre regada de los jóvenes normalistas que a la fecha han muerto no debe servir sólo para homenajes y discursos llenos de demagogia o para encumbrar a políticos.
Es la hora de la verdad y hay una frase que no debemos olvidar:
¡Ayotzinapa vive!


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