La fosa común del 19 de septiembre: Crónicas e historias a 29 años

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Hace 29 años Humberto Sandoval y Florentina Quin estaban en la víspera de su boda. Se unirían en matrimonio el 19 de octubre de 1985; ambos policías de la entonces Secretaría General de Protección y Vialidad adscritos a Coyoacán.

Veinteañeros, fueron a bailar para festejar la cercanía de su enlace. En la madrugada del 19 de septiembre llegaron al hotel Finesterre, de calzada de Tlalpan y Taxqueña. A las 7 de la mañana con 19 minutos su historia empezó su fin o más bien su inicio.

Sin saberlo cumplieron su deseo de unirse para siempre cuando el edificio se derrumbó en aquel amanecer en la ciudad de México. Ambos fueron sepultados en calidad desconocidos en la fosa común de San Lorenzo Tezonco, al oriente de la Ciudad de México, por los rumbos de Iztapalapa.

Familiares de la pareja aún evocan el episodio y aseguran que se encuentran en esa fosa que alberga más de mil cuerpos desconocidos, de gente que pereció aquella mañana del 19 de septiembre de hace casi tres décadas y que fueron sepultadas sin identificar.

Los familiares de la joven pareja vistan cada año el cementerio con la creencia que aquí están los restos porque entre las pertenencias que se rescataron de los cuerpos inhumados se encontraban sus placas de policía.

Otras historias hablan de que la fosa tuvo que ser reabierta semanas después de haberla cerrado, ya que embajadas y gobiernos extranjeros demandaban localizar a sus conciudadanos, quienes finalmente fueron encontrados en ese lugar.

Roberto García, uno de los pocos asiduos visitantes a la fosa, concurre todos los años, el 2 de noviembre y el 19 de septiembre, con la esperanza de que ahí se encuentre su esposa y su hijo, quienes esa mañana se dirigían a la Secundaria Número 3, en la Avenida Chapultepec.

“Nadie nos asegura que están aquí, pero en algo tenemos que creer y en algún lugar tenemos que recordar a nuestros seres queridos”, comenta a 29 años de distancia de la tragedia.

Estas son sólo algunas historias de la fosa común del 19 de septiembre, donde la tristeza y pesadumbre aún se siente en el ambiente a pesar de que han pasado muchos años. La negligencia y corrupción de las autoridades quedo enterrada, como los cientos de cuerpos que aquí reposan.

“El aniquilamiento de ustedes es advertencia para nosotros. Murieron desconocidos pero Dios los identificó”, reza una vieja y fracturada lápida, abandonada a unos metros del sitio remodelado, de la fosa común que alberga más de mil personas que fallecieron en el terremoto de septiembre de 1985 en la Ciudad de México.

El cementerio está lejos del epicentro mortal de aquella mañana fatídica en la capital del país, pero ahí se albergan cientos de historias, esperanzas y recuerdos de familiares de las víctimas del terremoto.

Lo que ahora es una especie de jardín, con pasillos y arbustos que es rematado con un arco monumental con la leyenda “A Nuestros Seres Queridos” y en donde nadie se imagina las historias de quienes ahí reposan. El silencio se con un ambiente y una vibra que provoca cansancio, tristeza.

Uno de los sepultureros que trabajaron en aquellos días de 1985 es Jesús Hernández, quien recibió los camiones de volteo con los cuerpos de las víctimas, tiene aún frescos los recueros de aquellos fatídicos días en este panteón de San Lorenzo, Tezonco, al oriente de la capital.

“A partir del 20 de septiembre por la noche empezaron y por más de una semana llegaron camiones de volteo y camionetas con cadáveres de hombres, mujeres y niños. Todos revueltos con escombros.

A algunos les tomaban fotografías antes de enterrarlos, pero eran tantos que al final sólo llegaban y rápido los depositábamos en la fosa”, narra el hoy septuagenario sepulturero.

“Unos quemados, llenos de escombros; otros con cuerpos demolidos, ya casi sin forma humana. Casi todos con rostros de miedo y tristeza. Empezamos a recibir los cadáveres por el 21 de septiembre y 15 días después aún traían algunos”, expresó frente a la fosa convertida en jardín.

Con pala en mano, con la mirada fija en lo que fue un hoyo de casi mil metros de diámetro, recuerda que sólo en algunos días de aquellas jornadas se tuvo la presencia de agentes del Ministerio Público y médicos forenses que tomaron algunas fotografías antes de meter los cuerpos en bolsas de plástico negras.

A casi tres décadas de distancia, la fosa “de los muertitos del 19 de septiembre”, como la conocen los sepultureros, es un gran jardín con una nueva lápida que habla del anonimato de la última morada de quienes no sobrevivieron a aquel fenómeno:

“Ayer, hoy y siempre. Por los años que vivimos no olvido tu partida y aunque no te encontré, ni sé dónde buscarte, tú estás en mi corazón y siento consuelo porque tú descansas en el cielo cerca de Dios.”

Por: Luis Carlos Rodríguez González

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Written By Redacción Huellas

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