marzo 28, 2014 By Huellas de México

Se libra la primera batalla por candidatura presidencial

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José G. Muñoz García

@josegmunoz

En un marco de airados reclamos al gobierno de Peña Nieto ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por la “violencia obstétrica” –vil negligencia criminal que se extiende a lo largo y ancho del territorio nacional— que se ejerce en gran parte de los hospitales públicos, junto a cuyas instalaciones las mujeres pobres paren a sus hijos en jardines o banquetas cercanas; con millones de mexicanos que trabajan en Estados Unidos que tienen sobre sí la amenaza de ser despojados de su trabajo y sus hijos por la incertidumbre de que el país “más democrático del mundo” endurezca sus leyes y los criminalice; en medio de discursos de cifras aterradoras sobre el aumento de crímenes atroces como el secuestro, la trata de personas y la extorsión, la capital del país es escenario de la primera gran batalla al interior del membrete PRD por la candidatura presidencial. Los protagonistas: Marcelo Ebrard y Miguel Mancera.

 

Creo que la guerra se dio quizá de manera involuntaria de los personajes principales. Mancera ha guardado las formas con quien fue su mentor y mecenas en las lides políticas. Mancera. Hombre sin partido ni pertenencia a tribu alguna de eso que algunos se empecinan en llamar “la izquierda”, jamás habría llegado a la jefatura del Gobierno del Distrito Federal sin el patrocinio de Ebrard. Este último bien supo agradecer a quien hizo lo mismo por él: Andrés Manuel López Obrador, al ceder la candidatura presidencial, aunque ha asimilado que fue el gran error de toda su carrera política, pues no previó que el fracaso de AMLO sería el despeñadero del suyo propio. Quizá con AMLO como Presidente de la República hubiera integrado a Ebrard, en alguna secretaría de Estado y desde allí Ebrard, habría conservado la indispensable exposición mediática para aspirar a la candidatura referida.

 

El hecho es simple: las fallas de la Línea 12 del Metro fue una bendición que cayó o en manos del rencoroso Joel Ortega Cuevas, director del Sistema de Transporte Colectivo. Los 45 mil millones de pesos que costó, tenían que tener su lado oscuro. Se daba la oportunidad de oro para cobrarle a Ebrard, quien lo despidió como secretario de Seguridad Pública capitalina, tras el escándalo de la discoteca New’s Devine, lo que puede considerarse “traición” entre hombres del mismo equipo, pues la campaña de “regularización” de antros y restaurantes no tenía otro propósito que recaudar fondos para engordar el cochinito para la campaña presidencial del 2012. La cuota era de 100 mil pesos por lugar. El propietario que no aceptaba, acababa en el Reclusorio acusado de infames delitos que se le sembraba, para ”el escarmiento”, al más puro estilo Chicago de los años 20.

 

Pero la extorsión del New’s Devine se salió de control y murieron doce personas, nueve adolescentes y tres policías. Ebrard, el jefe del grupo que recolectaba  “donaciones”, maniobró con astucia y deslealtad, al despedir sólo a Joel Ortega y al procurador Rodolfo Félix Cárdenas, contra quienes otro personaje tenebroso: Emilio Álvarez Icaza, en ese tiempo presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, enfiló sus dardos envenados, quizá en acuerdo con Ebrard, para conservar ambos su condición de “precandidatos”, uno, Ebrard, a la Presidencia de la República, el otro, Álvarez Icaza, a la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Se deduce esto simplemente porque Álvarez Icaza no cesó de emitir declaraciones contra Juan Molinar Horcacitas, contra quien pedía aplica r todo el peso de la ley por su probable responsabilidad por las muertes de 49 niños en la Guardería ABC, de Sonora, en tanto que a Ebrard no lo tocó ni con el pétalo de una recomendación. En un caso, tiró a la yugular. En el otro, al dedo meñique.

 

Ortega, pues, se entiende, comenzó a filtrar en la prensa varias de las anomalías de la Línea 12, que a la vista del público, funcionaba peor que las líneas antiguas: humedad que parecía lluvia en varias estaciones. Temblores inusuales en los trenes en ciertas áreas del recorrido; tortuguismo peor que en las otras; salidas muy espaciadas; aglomeraciones inhumanas y otras lindezas que el gobierno “de izquierda” aplica a ocho millones de usuarios diariamente. Pero Ortega sólo centró sus críticas en lo negro de la Línea 12, galardón de Ebrard para lucir entre los precandidatos, contra unos segundos pisos inoperantes de su antecesor.

 

Ebrard amortiguó los golpes y dijo lo que todo político de cualquier partido dice: “todo está correcto”. La obra fue auditada por todas las instancias federales. Lo malo es que no auditaron bien, porque se les pasó que los 35 trenes que dan el servicio fueron rentados por 85 millones de pesos cada uno, por adjudicación directa. Caso curioso que no vieron los auditores: el pago de la renta, es mayor al costo que se hubiera pagado, según el diario La Jornada del 17 de febrero de 2011.

 

Ese es, en pocas líneas, el Waterloo de Ebrard. Mancera queda como el más viable candidato del PRD a la Presidencia de la República en 2018, pero lo curioso es que Mancera no fue quien ordenó la guerra mediática contra Ebrard –porque aunque Ortega haya dicho que solicitó una investigación para deslindar responsabilidades, es obvio que no saldrá ningún culpable—, sino fue una venganza personal y no precisamente porque Ortega tenga limpio su pasado sino porque fue traicionado. Esta desviación por la libre le provocará en el presente su renuncia, según el enterado columnistas Jorge Fernández Menéndez.

 

Ebrard, a diferencia de López Obrador, es un político que ha ascendido en la escala del poder bajo cobijo de cúpulas. Su carrera la comenzó al amparo de Manuel Camacho Solís. No ha tenido ni tiene contacto con bases partidistas algunas, desde que fue priísta. En cambio, López Obrador, tiene como base de su poder el contacto con grupos populares. Esto pone a  Ebrard fuera de la contienda en 2018.


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