diciembre 9, 2013 By Jose G. Muñóz

Crónica de un día en la Clínica 47 del IMSS

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@josegmunoz

Hace apenas unos días, recibí un correo electrónico de mi amigo “Nicasio N”, a quien así nombro para conservar en reserva su verdadero nombre, en el que relata escenas trágicas que observó en la clínica 47 del Instituto Mexicano del Seguro Social ubicada en la colonia Vicente Guerrero, Iztapalapa, que parecen extraídas de La Divina comedia de Dante Alighieri, insospechadas en el México de oropel del primer mundo que retratan los medios de información tradicionales –prensa escrita, radio y televisión—, como ese 25 de octubre de este 2013, día en que el Presidente Enrique Peña Nieto entregó reconocimientos IMSS a la calidad y sostuvo que el instituto es “patrimonio institucional de todos los mexicanos”.

Las palabras mágicas de Peña Nieto “patrimonio institucional”, fueron un intento por desmentir los insistentes rumores esparcidos por las redes sociales de que el IMSS se pretende privatizar, opinión exteriorizada por las condiciones deplorables en que se encuentra desde que la inflación acabó con el superávit operacional de la institución, para pasar a la carencia hasta de lo más elemental (a mí me dieron ¡dos! pastillas de Captopril hace diez años en una de las raras consultas por afecciones cardíacas), al grado que en la Unidad Médico Familiar número 39 en alguna ocasión se colocaron letreros en los pasillos de las salas de espera con los se exculpaba a los empleados del IMSS por la falta de medicinas y material de curación.

Podrá haber excepciones que desconozco, pero brotan las quejas por todo lo largo y ancho del territorio nacional de las graves deficiencias de los servicios del IMSS, desde guarderías, hasta atención hospitalaria, pasando por negativas de consultas médicas, negligencias criminales –“Su paciente no tiene nada”; “lléveselo a morir a su casa”; “no hay camas” “nadie lo puede atender”, “no tenemos material quirúrgico, “compre usted mismo estas medicinas”— o jubilaciones por debajo de lo que en derecho corresponde, a grado tal que el IMSS es el mejor mejores cliente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, al ocupar el primer lugar en quejas “por la inadecuada prestación de servicios médicos, el desabasto de medicamentos y el trato discriminatorio hacia las personas”, según declaró su presidente, Luis González Plascencia, el 25 de junio de este año.

Las causas que se aducen son entre otras, que aumenta cada año el número de jubilados; que son cada vez más los que cobran y los derechohabientes que no aportan cuotas; que el Sindicato exige cada año más y más prestaciones; que la corrupción de los funcionarios del área de compras es tal, que el porcentaje que exigen a los proveedores encarece los insumos que adquiere. Una más, creo que la más importante, es la evasión de derechohabientes que se da de manera legal, al permitir que cientos de empresas empleen personas a las que no se les inscribe en el IMSS, sino que se les contrata con la modalidad de recibos de honorarios, por lo que los empleados son los que pagan impuestos y las empresas deducen esos recibos, evadiendo así al fisco y al IMSS, como expuso en una ocasión Federico Arreola, director de SDPNoticias.

Pasemos ahora al correo electrónico de “Nicasio N”, que contiene pasajes de estrujante realidad, inconcebibles, por cierto, en la “institución-patrimonio” de los mexicanos:

“Llevé a mi padre víctima de una afección pulmonar. Entró en una de esas crisis recurrentes que padece debido a que de joven fumó demasiado. Por principio, la puerta de acceso a los pacientes en el área de urgencias se ve atestada de personas de pie que tienen algún familiar adentro. No las pude contar bien, pero calculo que sumaban aproximadamente unas 50. Eran, creo, las siete de la noche y caía una lluvia ligera, de la que la gente se cubría con periódicos (¡por fin, descubro para qué sirve la prensa escrita!), de plásticos, suéteres o bolsas de mano, lo que era indiferente para los celosos guardianes de la puerta. Si alguno tenía urgencia de usar el WC, tenía que ir hasta su casa, si el mercado que se sitúa a 50 metros se encuentra cerrado. Sólo un familiar por paciente, puede estar en la sala de espera. Los demás, que esperen donde quieran.

“En la primer aduana, la recepción, vi cómo una persona duró al menos 15 minutos suplicando por atención para su pequeño hijo, quien había sufrido un accidente, sin que lograra conmover a la empleada, que exigía documentación ‘en regla’. De nada valió que el angustiado padre prometiera pagar cualquier cantidad que pidiera el IMSS por sus servicios. Con el rostro inmutable, la burócrata negaba responsabilidad del IMSS por el estado de salud del menor. ‘El que sigue’, dijo con frialdad, y hasta por momentos se advertía placer con su negativa. La satisfacción por el deber cumplido; hay que aplicar a la letra el reglamento, aunque queden en calidad de papel de baño la Constitución y la Ley General de Salud, se pisotee la ética y los derechos humanos sean apenas una evocación romántica de soñadores..

“Los burócratas dictan que sólo un familiar entrará con cada paciente, pero l@s enfermer@s ordenan: ‘traiga al señor por aquí’, sin auxiliar para cargarlo. Un señor de 85 kilos sin oxígeno en toda su humanidad, semeja a un costal relleno de bolas de unicel y es muy difícil que una persona sin apoyo de por lo menos otra, pueda moverlo. Subir al paciente a la cama asignada, es otra hazaña, cuando no hay cooperación. Más bien los acompañantes de otros enfermos se conduelen y acomiden con el recién llegado. El mover a los enfermos llagados por la inmovilidad, o limpiarlos; untarles pomadas o cremas o bañarlos, se obliga al acompañante a realizarlo. Aquí sí no se aplica el Reglamento. Que se las arreglen como puedan.

“En la sala de enfermos se escuchan lamentos en todos los tonos de voces jóvenes y de personas de edad media y ancianos que están en el último tramo de su vida. Pasa hasta hora y media sin que se aparezca personal de enfermería, para que proporcione gasas, analgésicos, cómodos, vendas, material de curación, incluso inyecciones prescritas por médicos. Pero pasada la media noche, la ausencia es total. Cuando me percaté de que mi padre requería más oxígeno, tuve que ir a la central de enfermeras para preguntar a quién le correspondía la atenderlo, sólo recibí como respuesta que estaba dormida la persona (i)responsable de tal tarea. Que estaba muy cansada. ‘Pero si está de guardia, su deber es estar al pendiente de lo que se ofrezca en la sala de urgencias’, increpé. Nada perturbó la frialdad. Se me negó el nombre de la que cobraba durmiendo”.

De acuerdo con el relato de Nicasio, Algun@s médic@s pueden ser la inspiración para historias de horror más espeluznantes que las que escribió Boris Karloff. Algun@s, para ahorrar a la institución omiten recetar analgésicos que alivien, aunque sea un poco, el dolor de los enfermos, cuyas dolencias son exteriorizadas con gritos llantos y quejidos que recuerdan la descripción del purgatorio que han hecho algunos escritores. O quizá el infierno.

Y en la cúspide de la torre del absurdo, está la doctora Adriana Franco quien se encarga de profetizar la muerte de los enfermos que ella cree que no deben ser atendidos en esa clínica, tal vez para ahorrar o quizá para que haya más lugares para otros que sí cree que tienen remedio o simplemente para dormir mejor. “’Es por demás, llévese a su madre a morir en paz a su casa. No tiene caso que la torture de esa manera’, oí decir a la doctora Franco al hijo de una anciana a punto de cumplir 100 años de edad. ‘No tiene caso que la martirice de esa forma. Sólo un milagro puede salvarla.’”, añadió. La señora en cuestión, estaba con sondas y tubos por todos lados que, en efecto, la hacían sufrir, pero que a fin de cuentas salvaron su vida, gracias a que sus parientes más cercanos (hijos) exigieron atención de mejor calidad, por lo que fue trasladada al Centro Médico Siglo XXI donde se hizo el milagro. Es muy posible que le festejen su centenario “hasta con mariachis”, según relataba a sus compañeros de infortunio doña María de Jesús, nombre que se leía en la parte superior de su cama.

El padre de Nicasio fue dado de alta a la mañana siguiente, no sin antes echarle en cara que los médicos del IMSS no tienen ninguna culpa que haya fumado por más de 40 años; que ahora debe sufrir las consecuencias de sus excesos.

Hasta aquí el relato de Nicasio y se concluye que un burócrata siente que su misión y placer superior es negar, obstruir, rechazar ofender, humillar a sus semejantes. Lo peor: su mente está encapsulada con una coraza de inconciencia que le impide ver otras realidades. Su verdad, la de cumplir con un “reglamento” con doble moral, es inmutable. Pobre México.


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