El maratón, más que carrera, un sueño

Por José Santos Navarro

9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, ¡UNO! ¡Vámonos! Y la serpiente humana, abigarrada, alimentada de sueños comenzó a moverse. El XXXVI Maratón de la Ciudad de México, se convirtió en una sana epidemia del triunfo.

Miles de hombres y mujeres, profesionales del sueño, aficionados a las hazañas, provocadores de la resistencia humana, cada uno con su meta en mente, comenzaron a escribir historias, dramas y hazañas personales.

Corredores de élite, africanos adictos a los primeros lugares, detrás de ellos, deportistas, débiles visuales, indígenas raramuris, enmascarados, sacerdotes, profesionistas, estudiantes, militares, gente de la tercera edad, en silla de ruedas, todos, todos iban con el corazón en la mano y confiados en la fuerza de su mente, píes y corazón.

Fue una mañana de domingo lluvioso, fresco para correr. Como en la maratón de la Olimpiada México 68, la salida fue en el Zócalo y la meta en el estadio de Ciudad Universitaria. Avenida Juárez, Paseo de la Reforma e Insurgentes fue la pista de 42 kilómetros.

Aplausos, ¡Vívas!, gritos de aliento y celulares, miles de teléfonos celulares captaban imágenes de la carrera, de la aventura, dramas y hazañas que se registraban entre los corredores en esta selva de cemento, donde los africanos, los panteras negras –hombres y mujeres-, sabían que la CDMX era de ellos.

Uno de estos dramas deportivos lo escenificó la corredora de Kenia,  Grace Wambui, con el número 123, quien desde la meta de salida impuso un paso impresionante. Llamó la atención de los comentaristas y especialistas. Algunos apostaron a que no aguantaría el ritmo.

Y así fue, al correr por el kilómetro 30, la keniana pagó muy caro su error. Comenzó a sentir fuertes dolores –el clásico dolor de caballo-. Su rostro desfigurado, pero su corazón valiente le permitieron seguir corriendo.

Finalmente se detuvo y, a punto de desplomarse, un policía de la CDMX se percató y se aproximó a ella. La corredora se abrazó de él para no desplomarse. Lloró, pero, pareciera que sus lágrimas le dieron nuevo aire. Siguió corriendo, pero no, metros adelante abandonó la carrera.

 Los profesionales del esfuerzo se colocaron en los primeros lugares. Los africanos, kenianos y etíopes se colocaron en la cabeza de aquella serpiente humana. Los que corrían por gusto, lo lograron; los competidores semiprofesionales calmaron su sed; los eventuales, sintieron el infinito placer de competir y, muchos, muchos más, fue una hazaña para ellos, estar ahí.

Fue impresionante ver a una multitud de espectadores distribuidos a meta a meta, quienes nunca dejaron de dar gritos de aliento, otros aplaudían, sentían y sabían que ese sudor de los deportistas, era agua de triunfo. Miles y miles de personas con celular en mano, captaron la mejor imagen de la carrera.

Con un tiempo record de 2:10:37, el keniano, Titus Ekiru, de 31 años de edad, llegó en primer lugar; al cruzar la meta se arrodilló, se levantó y siguió trotando. El sueño estaba cumplido. Su rostro de cansancio y dolor, era otro en la premiación.

Sola también llegó a la meta, la etíope Etaferahu Woha Temesgen, con un tiempo de 2:40:10. Luego, el arribo fue infinito, tan largo como los sueños que ahí se forjaron.

El primer mexicano en llegar a la meta del Maratón CDMX 2018 fue Juan Joel Pacheco Orozco. Pero, cabe señalar que, quienes no llegaron a la meta, también ganaron.

Written By Huellasmx