abril 16, 2014 By Max Vite

Viaje al centro de Macondo

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Ernesto Soto Páez

Durante 18 meses, entre los años de 1965 y 1966, escribió Gabriel García Márquez la novela “Cien años de soledad”, un proyecto que maduró al sur de la Ciudad de México, en la exclusiva zona del Pedregal de San Ángel, un barrio residencial construido sobre piedras volcánicas en el que por tradición han vivido estrellas de cine, expresidentes y banqueros.

Después de tantos años de penurias, desde sus años de estudiante y de periodista en Colombia, de probar fortuna con sus cuentos cortos, a Gabo le cayó la gracia de la fortuna antes de los 40 años; al fin su nombre fue conocido y sus penurias económicas también se esfumaron de la vida de él y su pareja, Mercedes Barcha, quien lo acompañó en su periplo barcelonés, parisino y mexicano. “Cien años de soledad” se publicó a mediados de 1967 en Buenos Aires, aunque la redacción la realizó García Márquez en el Distrito Federal.

El proyecto de novela, que originalmente se iba a llamar “La casa”, acompañó a García Márquez desde su niñez y fue en la Ciudad de México donde finalmente se volvió realidad, fue como trasladar la Ciénaga Grande de Santa Marta, Colombia, con todos sus secretos, sus personajes, su asfixiante selva, a otra realidad, al Distrito Federal, que ya empezaba a ser lo que hoy es: una jungla de asfalto, cemento y aire contaminado.

La idea original de esta obra surge en 1952 durante un viaje que realiza el autor a su natal Aracataca, en compañía de su madre. En su cuento “Un día después del sábado”, publicado en 1954, hace referencia por primera vez a Macondo, y varios de los personajes de esta obra aparecen en algunos de sus cuentos y novelas posteriores, como “La hojarasca”, publicada en 1955.

Las referencias de la novela ubican Macondo en algún lugar de la Costa Caribe colombiana entre la Ciénaga Grande de Santa Marta y la Sierra Nevada de Santa Marta, zona correspondiente a los municipios de Ciénaga (Magdalena), Zona Bananera, Pueblo Viejo y Aracataca, donde nació Gabo un domingo 6 de marzo de 1928, según lo dijo en alguna ocasión.

Cuando García Márquez llegó a México traía en su valija algunos escritos, esbozos de historias por contar y una larga cauda de experiencias como reportero, como cronista, como columnista de ironía sagaz y adjetivos exactos. Los sueños, ese realismo mágico que le viene de su abuela materna, Tranquilina Iguarán Cotes, los guardó en algún lugar de su memoria nostálgica.

Desde sus años de estudiante y precoz reportero mantuvo viva esa característica que en América se confunde a menudo entre realidad y ficción mágico-religiosa, herencia de un pasado indígena y una idiosincrasia europea repleta de ciudades fantásticas, gigantes, sirenas y realidades alternas. Todo eso se fue disolviendo, mientras escribía “Cien años de soledad”, fue una obra liberadora, una catarsis, como cobrar una madurez que viene tras una juventud azarosa.

«De hecho, ya tampoco me despierto por la noche asustado, tras haber soñado con los muertos de los que me hablaba mi abuela en Aracataca, cuando era niño, y creo que eso tiene que ver con lo mismo, con que se me acabó el tema», reconoció en una entrevista a una revista colombiana, años después.

Lo cierto es que el aracataqueño fue un predestinado, un hombre que vivía una cotidianeidad entre almas en pena y un ambiente Caribe de maldiciones, malas palabras y amores apasionado hasta la muerte; pero sobre todo con un toque mágico para la escritura.

Antes de “Cien años de soledad”, García Márquez ya había tenido una larga experiencia en la creación literaria y periodística. Entre 1948 y 1949 escribió para el diario El Universal de Cartagena. Desde 1950 hasta 1952 escribió una caprichosa columna con el seudónimo de Septimus para el periódico local El Heraldo y para El Heraldo de Barranquilla.

Llegó a México, además, con una serie de lecturas que lo habían impresionado y que le habían servido para ejercer su incipiente carrera de escritor y guionista. Sófocles, a William Faulkner, Franz Kafka, Virginia Woolf, Joseph Conrad y Antoine de Saint-Exupéry, fue como recibir semillas que fructificaron en cuando menos varias obras literarias, desde “La hojarasca” hasta “Yo no vengo a decir un discurso”.

También trajo en su maleta de inmigrante la pasión por el cine. En los años 50 estudió la carrera de cine en el Centro Sperimentale di Cinematografia di Roma (Cinecittà), teniendo como condiscípulos al argentino Fernando Birri y al cubano Julio García Espinosa, quienes más tarde serían considerados cofundadores del llamado Nuevo Cine Latinoamericano. Entonces el cine y sus secretos le sirvieron para sobrevivir acá y después intentar proyectos en la industria fílmica mexicana que en los 60 buscaba otros derroteros.

A Gabriel José de la Concordia García Márquez, su verdadero nombre de bautizo, le ha tocado una vida muy especial, pues parece un personaje de alguna de sus novelas. Fue dotado de una voz melodiosa para cantar boleros y vallenatos; la música clásica lo inspiró para escribir; fue un faquir en un mar de necesidades económicas y después… la opulencia.

Este hombre, que es conocido familiarmente y por sus amigos como Gabito (hipocorístico guajiro para Gabriel), o por su apócope Gabo desde que Eduardo Zalamea Borda, subdirector del diario El Espectador, comenzara a llamarlo así.

Gabo ha sorteado un cáncer linfático que le fue diagnosticado en 1999. Al respecto el escritor declaró en el 2000, en una entrevista al diario El Tiempo de Bogotá: “Hace más de un año fui sometido a un tratamiento de tres meses contra un linfoma, y hoy me sorprendo yo mismo de la enorme lotería que ha sido ese tropiezo en mi vida.”

A principios de julio de 2012, a través de su hermano Jaime, se rumoró que el escritor padecía de demencia senil, pero un video en que celebra su cumpleaños en marzo de 2012 ha servido para desmentir el asunto, aunque ya su vida social es casi nula. Sin  embargo, ese rumor disgustó a sus miles de seguidores en todo el mundo.

De hecho, el ganador del premio Nobel de Literatura en 1982 poco a poco se ha ido retirando de la vida cultural de México, dejó de ir a sus casas en Colombia y España y, después de su novela “Memoria de mis putas tristes” -2004-, ha dejado de dar señas su genio literario. Sus dos restantes libros de memorias los clausuró ya y vive una vida feliz y en paz con su familia después de tantos avatares; lejos de sus míticas amistades con los expresidentes, el estadounidense Bill Clinton y el cubano Fidel Castro Ruz, García Márquez ya es más historia que nunca y por la lógica de la vida y a sus 86 años se acerca el final.

En los primeros días de abril, Gabriel García Márquez fue hospitalizado en la capital mexicana, según informaron fuentes oficiales, por una infección pulmonar propia de los ancianos, aunque su esposa no precisó detalles sobre su enfermedad.

Hoy Gabo se encuentra en su casa de nuevo, al sur de la Ciudad de México, donde cuenta con una computadora de última generación que suple a su mítica máquina eléctrica de escribir, de donde salió “Cien años de soledad” hace 37 años.

Es ésta una novela récord que se ha traducido a más de 40 idiomas y vendido cerca de 30 millones de ejemplares en todo el mundo. Fue un verdadero bombazo que hizo explosión desde el primer día. Según la editorial Alfaguara, “El libro salió sin ningún tipo de campaña publicitaria, la novela agotó su primera edición de 8,000 copias las dos primeras semanas y pronto convirtió el título y su realismo mágico en el espejo del alma latinoamericana. ‘Cien años de soledad’ ha influido en casi todos los novelistas importantes en todo el mundo”. La narración es una crónica de la familia Buendía en el pueblo de Macondo, fundado por José Arcadio Buendía.

Los años de su autor parecen acercarse a su fin, como la crónica realista y mágica de los Buendía, cuyo arte viene de la abuela de Gabo: «Adopté la manera de contar historias de mi abuela: explicaba los hechos más inverosímiles con una cara de palo tal que no cabía duda de que aquello era verdad».


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